PENBOLIVIA, filial COCHABAMBA

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miércoles, 6 de mayo de 2026

AMIGOS


Por Andrés Canedo, miembro de PEN Bolivia filial Cochabamba

Habían sido amigos desde siempre, desde los remotos días del abecedario, desde que aprendieron a entonar, “morir antes que esclavos vivir”, vislumbrando ya un futuro rebelde y de libertad que no admitiría claudicaciones, desde que sus manos inhábiles, aprendieron a escribir la palabra “mamá”. Luego, los pocos años más en la escuela en que supieron que eso a la vez lejano y próximo que los identificaba, se llamaba Bolivia. Más adelante, se desenredaban girando de emoción con el trompo que clavaba su púa en el de sus contrincantes y que, pérfidamente, desembocaba a veces en puñeteadas de inocentes muchachos sin luz, siempre ellos dos contra el resto. Y ya, con los cuerpos adolescentes, habían hecho frente a los matones de la cancha de fútbol, golpeando más duro, abriendo heridas en los rostros morenos de los otros. Ya, casi hombres, se habían tentado con las piernas oscuras pero luminosas de algunas féminas del barrio, y habían tenido amores, independientes y fugaces, con algunas de ellas.

 Un día de esos apareció la Juana, de ojos sorprendidos y sonrisa fácil, que les descubrió la realidad imperiosa del deseo y que alentaba a los dos, en su sabiduría y su crueldad de hembra, sin ruborizarse, sabiendo que su cuerpo sólido de “yegua” perfecta era su seguro de vida por el tiempo que le durara. A pesar de ello, los dos no se odiaron, mantuvieron la amistad, aunque sabían que ninguno renunciaría a los cielos y a los infiernos que se prometían en las carnes de ella. Una noche de trapo viejo, fueron a beber juntos a una taberna. El alcohol, insidioso, les fue abriendo la presencia de la Juana, y alguno pronunció su nombre. El otro, desde las penumbras de su alma, también la trajo y pronunció: “La Juana será mía, cojudo de mierda”. Una efímera luz de conciencia los aplacó y se acariciaron, con una tensión insoportable, poniendo cada uno la mano en el antebrazo del otro, estirados sobre la mesa. Pero el alcohol pérfido, siguió trepando y oscureciendo la lucidez, como los bichos que se arriman por miles volando alrededor de la luz, hasta casi enlutarla. Y desde el espíritu pendenciero de la cerveza, surgieron dos cuchillos que como por casualidad aparecieron en sus manos, pero que, en realidad, cada uno llevada envainado en la cintura. Se pusieron de pie, se desplazaron hacia el centro del local que les habilitaba el espacio necesario para un duelo. “La Juana será mía, hijo de puta”. “No lo será, porque antes yo te mandaré al infierno, cabrón de mierda”. Luego, sólo fueron un par de movimientos casi como de ballet, en que las cinturas se curvaron para esquivar el mortífero brillo de luna que partía feroz de la mano contraria. No lo esquivaron, se les clavó, simultáneamente, como una andanada de plata en los vientres, que sintieron entrar el rayo de fuego que les desparramó las tripas que lloraron lágrimas rojas y les hicieron conocer el dolor que presuponía la muerte.

 Cayeron lado a lado en el piso, todavía respirando con alboroto, todavía vivos. En la lucidez que suele recuperarse momentáneamente antes de la noche última, pudieron mirarse con el rabillo de los ojos y sus rostros tensos se aliviaron y hasta esbozaron una sonrisa. “No valía la pena, cojudo”, dijo el uno. “Sí, tenés razón, no lo valía”, dijo el otro. Murieron con los ojos abiertos, mientras afuera, el cielo de la noche de aquel barrio alejado de Santa Cruz de la Sierra, lucía sus estrellas indiferentes y eternas, como latas colgadas de un infinito telón negro. Los otros bebedores, que habían presenciado el pleito, los cubrieron con cartones que aportó el cantinero.

 Unas cuadras más allá, viviendo arreboles y espasmos, la Juana se prodigaba en el cuarto del almacenero que la había comprado por esa noche con unos pocos pesos, sintiendo dos orgasmos simultáneos que le hicieron creer que era la reina del universo.

 

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